martes, 25 de agosto de 2026

Cuidado con el Diablo: Manual de Supervivencia ante el Infierno Cotidiano Venezolano.

 

Dicen los abuelos que cuando el diablo anda suelto no hay que mirarlo a los ojos, no sea que le dé por pedirte prestado o, peor aún, por nombrarte Director General de alguna institución pública. Durante décadas nos vendieron la idea de que Belcebú era un sujeto aristocrático, con capa roja, cuernos pulidos y un tridente reluciente dedicado a atormentar a los pecadores en calderos de hirviente brea. ¡Qué falta de imaginación! El verdadero demonio tropical es bastante más ramplón, usa guayabera o traje arrugado, firma decretos sin leerlos y se alimenta del caos institucional que nos rodea.


En esta comedia de equivocaciones a la que llamamos vida social, la cacocracia no es más que el infierno reorganizado por consultores de mala muerte. Es el triunfo del incompetente ilustrado, la apoteosis del sujeto que llegó al cargo por pura gravedad política y cuya única destreza técnica consiste en sonreír mientras todo el edificio se desploma a sus espaldas. ¿Y nosotros? Nosotros encarnamos con maestría el papel del «hombre masa»: ese rebaño atónito que observa el incendio mientras debate en X (antes Twitter) si las llamas se ven más estéticas en ángulo de cuarenta y cinco grados o si el humo combina con la fachada de la cuadra.


Nos hemos acostumbrado a la anomalía con una frescura envidiable. Si mañana amanece un dinosaurio gobernando la alcaldía, lo primero que haremos no será exigir su hoja de vida o protestar por la vulneración de la constitución; nos tomaremos una selfi con el reptil, le montaremos un meme con música de fondo y abriremos un puesto de empanadas frente a la sede municipal para aprovechar la afluencia de curiosos. El cinismo se convirtió en nuestra única anestesia local, y el humor negro, en el último refugio de la cordura.



Es aquí donde la sabiduría del folclor popular venezolano nos da una bofetada con mano de seda. Escuchar la famosa letra que viste al célebre vals e instrumental «El diablo suelto» —popularizado en la voz del pueblo con los versos inolvidables de Enrique Hidalgo— es como leer un manual geopolítico y psicosocial escrito hace décadas pero diseñado para la prensa de esta mañana:

Recoge este muchacho / por ahí anda el diablo suelto / y lleva entre sus cachos / al hijo de Ruperto...

Que Lucifer lo llaman / Mandinga, varios nombres le dan / que lo han visto en Carora / también que lo han visto en San Juan...



El diablo de la canción no es una abstracción teológica; es la encarnación de la arbitrariedad que camina libremente por nuestras calles. Se pasea de Lara a Guárico, cambia de nombre, de siglas y de discurso según la ocasión, pero conserva la misma saña: llevarse por delante al despistado, al que se confía, al hijo de Ruperto que se quedó mirando al pajarito mientras la casa se venía abajo.

Y es que la lírica destila una ironía punzante cuando advierte sobre los falsos remedios con los que pretendemos adormecer la tragedia:

No vayas a pensar que con ron y tabaco / lo podrás espantar / porque le gusta a ese diablo / beber también fumar...

Ahí reside el centro del chiste amargo. Creemos que la crisis se espanta con una parranda, un trago de caña clara, una burla colectiva en la esquina o la resignación del "así son las cosas". Pretendemos apaciguar al monstruo ofreciéndole los mismos vicios de los que se nutre. Nos engañamos pensando que la apatía es una forma de resistencia, cuando en realidad es el banquete favorito del tirano. Al diablo no le asustan los chistes que le hacemos en la taberna; de hecho, le fascinan, porque mientras nos reímos de sus adefesios, él sigue administrando la caldera y ajustando la cuenta del gas.



Sin embargo, detrás de la soltura del merengue y del ritmo contagioso del joropo, la canción esconde una transición profunda. El tono sarcástico se pausa de golpe para dar paso a una consigna de rescate moral:

Coge la cruz de palma real / sin vacilar ponte a rezar / agarra bien un puño 'e sal / también agua bendita / y no te pongas a temblar / a lloriquear sin más que hacer / porque el placer del diablo / es asustarte y hacerte correr...

Al despojar estos versos de su ropaje estrictamente litúrgico, lo que emerge es una lección ontológica sobre la dignidad humana y la autonomía política. La "cruz de palma", la "sal" y el "agua bendita" representan la reserva ética de una sociedad: los principios irrenunciables, el pensamiento crítico, la memoria histórica y el rigor moral que ninguna cacocracia puede exterminar si el ciudadano decide preservarlos.



El auténtico triunfo de la mediocridad no radica en su capacidad de destruir infraestructuras o arruinar economías, sino en su poder para infundir un miedo paralizante que convierte a los individuos libres en una masa informe y asustadiza. «El placer del diablo es asustarte y hacerte correr». La tiranía de la ignorancia vive de la cobardía ajena, del temblor del ciudadano que prefiere la sumisión silenciosa antes que el riesgo de la palabra articulada.

Recoger al muchacho, agarrar la sal y dejar de lloriquear no son llamados a la evasión, sino órdenes de marcha para el espíritu. Recuperar la autonomía perdida exige desactivar el chip de la masa resignada. Implica entender que el caos no se combate adaptándose a él con gracia, sino oponiéndole el peso sereno de la lucidez, la educación y la virtud republicana. El diablo podrá seguir suelto por un tiempo, paseándose impune por Carora, San Juan o cualquier rincón de la patria, pero solo mantendrá su dominio mientras decidamos seguir corriendo. El día que la ciudadanía decida plantarse, mirar de frente al abismo y desenmascarar al espantajo, descubrirá que el diablo no era más que una sombra inflada por nuestro propio temor.

Sólo adecentando la política, Venezuela saldrá adelante.

 Ing. Robny Jauregui

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