Dicen los
abuelos que cuando el diablo anda suelto no hay que mirarlo a los ojos, no sea
que le dé por pedirte prestado o, peor aún, por nombrarte Director General de
alguna institución pública. Durante décadas nos vendieron la idea de que
Belcebú era un sujeto aristocrático, con capa roja, cuernos pulidos y un
tridente reluciente dedicado a atormentar a los pecadores en calderos de
hirviente brea. ¡Qué falta de imaginación! El verdadero demonio tropical es
bastante más ramplón, usa guayabera o traje arrugado, firma decretos sin
leerlos y se alimenta del caos institucional que nos rodea.
Es aquí donde la
sabiduría del folclor popular venezolano nos da una bofetada con mano de seda.
Escuchar la famosa letra que viste al célebre vals e instrumental «El diablo
suelto» —popularizado en la voz del pueblo con los versos inolvidables de Enrique
Hidalgo— es como leer un manual geopolítico y psicosocial escrito hace
décadas pero diseñado para la prensa de esta mañana:
Recoge este
muchacho / por ahí anda el diablo suelto / y lleva entre sus cachos / al hijo
de Ruperto...
Que Lucifer
lo llaman / Mandinga, varios nombres le dan / que lo han visto en Carora /
también que lo han visto en San Juan...
El diablo de la
canción no es una abstracción teológica; es la encarnación de la arbitrariedad
que camina libremente por nuestras calles. Se pasea de Lara a Guárico, cambia
de nombre, de siglas y de discurso según la ocasión, pero conserva la misma
saña: llevarse por delante al despistado, al que se confía, al hijo de Ruperto
que se quedó mirando al pajarito mientras la casa se venía abajo.
Y es que la
lírica destila una ironía punzante cuando advierte sobre los falsos remedios
con los que pretendemos adormecer la tragedia:
No vayas a
pensar que con ron y tabaco / lo podrás espantar / porque le gusta a ese diablo
/ beber también fumar...
Ahí reside el
centro del chiste amargo. Creemos que la crisis se espanta con una parranda, un
trago de caña clara, una burla colectiva en la esquina o la resignación del
"así son las cosas". Pretendemos apaciguar al monstruo ofreciéndole
los mismos vicios de los que se nutre. Nos engañamos pensando que la apatía es
una forma de resistencia, cuando en realidad es el banquete favorito del
tirano. Al diablo no le asustan los chistes que le hacemos en la taberna; de
hecho, le fascinan, porque mientras nos reímos de sus adefesios, él sigue
administrando la caldera y ajustando la cuenta del gas.
Sin embargo,
detrás de la soltura del merengue y del ritmo contagioso del joropo, la canción
esconde una transición profunda. El tono sarcástico se pausa de golpe para dar
paso a una consigna de rescate moral:
Coge la cruz
de palma real / sin vacilar ponte a rezar / agarra bien un puño 'e sal /
también agua bendita / y no te pongas a temblar / a lloriquear sin más que
hacer / porque el placer del diablo / es asustarte y hacerte correr...
Al despojar
estos versos de su ropaje estrictamente litúrgico, lo que emerge es una lección
ontológica sobre la dignidad humana y la autonomía política. La "cruz de
palma", la "sal" y el "agua bendita" representan la
reserva ética de una sociedad: los principios irrenunciables, el pensamiento
crítico, la memoria histórica y el rigor moral que ninguna cacocracia puede
exterminar si el ciudadano decide preservarlos.
El auténtico triunfo de la mediocridad no radica en su capacidad de destruir infraestructuras o arruinar economías, sino en su poder para infundir un miedo paralizante que convierte a los individuos libres en una masa informe y asustadiza. «El placer del diablo es asustarte y hacerte correr». La tiranía de la ignorancia vive de la cobardía ajena, del temblor del ciudadano que prefiere la sumisión silenciosa antes que el riesgo de la palabra articulada.
Recoger al
muchacho, agarrar la sal y dejar de lloriquear no son llamados a la evasión,
sino órdenes de marcha para el espíritu. Recuperar la autonomía perdida exige
desactivar el chip de la masa resignada. Implica entender que el caos no se
combate adaptándose a él con gracia, sino oponiéndole el peso sereno de la
lucidez, la educación y la virtud republicana. El diablo podrá seguir suelto
por un tiempo, paseándose impune por Carora, San Juan o cualquier rincón de la
patria, pero solo mantendrá su dominio mientras decidamos seguir corriendo. El
día que la ciudadanía decida plantarse, mirar de frente al abismo y
desenmascarar al espantajo, descubrirá que el diablo no era más que una sombra
inflada por nuestro propio temor.
Sólo adecentando la política, Venezuela saldrá adelante.
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